Sé vivir en pobreza y
abundancia
“Escuchad esto –dice el profeta Amós- los que pisoteáis al pobre y queréis
suprimir a los humildes de la tierra … achicar la medida y aumentar el peso, falsificar
balanzas, comprar por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias,
para vender hasta el salvado del grano” (Amós 8, 4-7). Ya entonces los del
pueblo de Dios eran “una joya” o, como dirían algunos hoy día, eran “de armas
tomar”.
Amós fue profeta
de Israel, de
familia sin tradición profética. Era aldeano del reino del sur, pastor y
recolector de higos, fue enviado a predicar al reino del norte de Israel cuyo
bienestar material disfrutaban los ricos y poderosos, mientras los pobres y desvalidos
eran oprimidos cada vez más. Los poderosos se atribuían el éxito por el buen
hacer y al esplendor del culto y de sus ritos (idolátricos) a los dioses Betel
y Guilgal. Debió nacer durante el reinado de Uzías en Judá (785-733) y de
Jeroboam II en Israel (788-747). Su doctrina ha sido actualizada a mitad del s
XX enfatizando la justicia social que predicaba Amós, aplicando sus propuestas
a las circunstancias de los pueblos latinoamericanos y africanos, entonces
llamados “en vías de desarrollo”.
Se
reza con el salmo 112 que Dios “levanta
del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre” y por ello cabe
preguntarse si solo se refiere a los pobres económicamente hablando o también
para los ricos y que a la vez son pobres de espíritu.
No
se trata de caer en la dialéctica con enfrentamientos ni ser maniqueistas o
dualista clasificando a los hombres en buenos y malos, en ricos y pobres,
enfrentándolos y despreciando o maltratando o aniquilando a los otros que no
son lo que yo quiero. Por eso san Pablo recuerda en la 1ª carta a Timoteo “que se hagan súplicas, oraciones, peticiones
y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y todos los que
ocupan altos cargos (…) es bueno y agradable ante Dios, nuestro Salvador, que
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.
Por todos, no solamente por unos cuantos, no solo por “los míos”, etc.
La
aclamación de antes del Evangelio que se proclama este domingo XXV, ciclo C,
del TO recuerda que “Jesucristo, siendo
rico, se hizo pobre, para enriqueceros con su pobreza”. Las dos realidades
(ser ricos y pobres) no admiten la dialéctica que enfrenta una con la otra,
pues son compatibles y su armonía es necesaria. Ya san Agustín en un sermón
sobre los pastores comentaba lo que afirmó san Pablo: “Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza
y abundancia”.
Jesús
mismo dijo que “no podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13) pero ello no
significa que no se pueda tener dinero. Se trata de no tenerlo como dios, se
trata de no ser esclavo suyo, de estar obsesionado con él, etc. Se puede
perfectamente servir a Dios teniendo dinero, y mucho, pero sabiendo estar libre
de él y saber donar a quien lo necesite lo que necesite.
Francisco
en una homilía mañanera en Sta Marta (12-IX-2016) recordó que el dinero es una
de las 2 armas potentísimas del demonio para destruir la Iglesia junto con las
divisiones.
Ya
Juan Pablo II tenía escrito en su 1ª encíclica “El Redentor del hombre” (Redemptor
hominis, RH, 1979) que “el hombre (…) no
puede hacerse esclavo de las cosas, de los sistemas económicos, de la
producción y de sus propios productos (…) La amplitud del fenómeno pone en tela
de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios, productivos
y comerciales que rigen la Economía mundial. Nos encontramos ante un drama (…) exacerbado
aún más por grupos privilegiados y países ricos que acumulan de manera excesiva los bienes cuya riqueza se convierte
de modo abusivo en causa de diversos males” (RH).
La
pobreza cristiana no es solamente individual y Juan XXIII lo recordaba en su encíclica
“Paz en la tierra” (Pacem in terris, PT, de 1963) donde dejaba escrito que
“vemos, con gran dolor, cómo en las
naciones económicamente más desarrolladas se han estado fabricando, y se
fabrican todavía, enormes armamentos, dedicando a su construcción una suma
inmensa de energías espirituales y materiales”.
Benedicto
XVI en su 3ª encíclica “La caridad en la verdad” (Caritas in veritate, CinV)
también necesitó recordar la idea que es básica, fundamental y esencial del
cristianismo. “El desarrollo económico
que Pablo VI deseaba era el que produjera un crecimiento real, extensible a
todos y concretamente sostenible (…) se ha de reconocer que el desarrollo
económico mismo ha estado, y lo está aún, aquejado por desviaciones y problemas dramáticos” (CinV,
21)
(…)
Los efectos perniciosos sobre la economía
real de una actividad financiera mal utilizada (…) los imponentes flujos
migratorios, frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente,
o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra, nos induce hoy a
reflexionar sobre las medidas necesarias para solucionar problemas que no sólo
son nuevos respecto a los afrontados por Pablo VI, sino también, y sobre todo, que
tienen un efecto decisivo para el bien presente y futuro de la
humanidad (CinV,. 22).
Y
se sigue leyendo en el mismo documento que “como
ya señaló Juan Pablo II, la línea de demarcación entre países ricos y pobres
ahora no es tan neta como en tiempos de la Populorum progressio” (CinV,. 22).
El Papa alemán
seguía escribiendo que “lamentablemente,
hay corrupción e ilegalidad tanto en el comportamiento de sujetos económicos y
políticos de los países ricos, nuevos y antiguos, como en los países pobres”.
El 21-IX-2016 en
Roma tuvo lugar un Congreso sobre “hacia una economía más humana y justa”.
Programa presentado al público por el cardenal Ravasi, por el embajador
italiano ante el Vaticano Daniele Mancini y por el economista Guliano Amato, ex
presidente del Consejo de ministros y Presidente de la fundación “el atrio de
los gentiles” y que representaba a los no creyentes.
¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los
pobres! clamó
Francisco desde el primer momento de su elección y que repite muchas veces .y en
una homilía matutina en Sta Marta (16 junio 2015) decía que “debe llegar al bolsillo, sino no es genuina.
No es dar de lo superfluo como enseñaba san Pablo”.
Para
la Jornada mundial de los pobres, la III este 2019 (17 noviembre), Francisco ha
escrito un mensaje en el que comenta que “«La esperanza de los pobres nunca
se frustrará» (Sal 9, 19). Las palabras del salmo se presentan
con una actualidad increíble. Ellas expresan una verdad profunda que la fe
logra imprimir” (n. 1).
“El
compromiso de los cristianos, con ocasión de esta Jornada
Mundial y sobre todo en la vida
ordinaria de cada día, no consiste sólo en iniciativas de asistencia que, si
bien son encomiables y necesarias, deben tender a incrementar en cada uno la
plena atención que le es debida a cada persona que se encuentra en dificultad”
(n. 7).
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