Y nosotros
con los pies en el suelo
El séptimo domingo de Pascua, que en
2019 es el 2 de junio, en la mayoría de iglesias locales se celebra la
Ascensión de Jesús al cielo, con su cuerpo glorioso. Algunas pocas diócesis
siguen celebrándola el jueves anterior (como aferrados a lo de antaño). Han
pasado 40 días (aprox) desde que Jesús resucitó aquel primer día de la semana
(domingo) tras ser crucificado en el Gólgota y enterrado en una tumba cercana.
Jesús resucitado ahora se va al
cielo y lo hace por su propio pie ya que es Dios; en cambio su madre, María,
será asunta al cielo, o sea llevada por los ángeles en cuerpo y alma pues solo
es una persona humana y no tiene ese poder de ascender por su propio pie como
su hijo.
Tenemos claro que Cristo “sube” al
cielo pero no para arriba; los australianos señalan para abajo (según nuestro
punto de vista). En esto hablamos como cuando decimos que el sol “sale” y “se
pone” pues nos fijamos en lo que vemos.
Tenemos claro que le ocultó una nube
pero “no está en las nubes” y nosotros, los que nos quedamos todavía como
peregrinos en esta vida terrenal, no nos pasamos la vida mirando al cielo y
dando la sensación de que los cristianos están en las nubes, despreocupados de
las cosas de la tierra. Al llegar el final del segundo milenio -como recordó Benedicto XVI- se acusaba a la
Iglesia de estar mirando al cielo, misas, rosarios, romerías, procesiones, etc. y en cambio despreocupada de las injusticias y de las
calamidades que sufren los hombres y mujeres en el planeta Tierra, salvo honrosas excepciones que nuca han faltado. Ello se puede
deducir de que unos ángeles dijeron a los discípulos, ensimismados mirando
hacia arriba, atónitos: Varones de
Galilea, ¿qué hacéis ahí, mirando al cielo?
San Agustín comentaba: «Mientras
Él está allí, sigue estando con nosotros (…) No se alejó del cielo, cuando
descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta allí». No es una cosa u otra, rezar u obrar, no estar en las cosas del cielo o en las de la tierra. El cristianismo borra la o/u y pone la y.
Cristo ha subido a los cielos, y se va
con su cuerpo resucitado. La pregunta salta por sí sola: ¿tan importante es lo
corporal, lo material para que además de resucitarlo, lo lleve al cielo? El
cielo, como se entiende del paraíso terrenal, no es tanto un lugar, aquí o
allí, sino una situación en la que se encontrarán los hombres en la vida eterna
y en la que se encontraba el hombre (Adán y Eva) en un principio y la que
tendrá cada hombre en la llamada “vida eterna”.
Como recordó Benedicto XVI, el cristianismo –en teoría- no es enemigo de la corporeidad. Es incuestionable que a Dios sí le
importa el cuerpo y todo lo material que Él ha creado y que está redimiendo, o
sea haciendo el arreglo –ahora todavía no definitivo- de toda la creación
entera, herida por el pecado del hombre. Arregla todo lo humano, incluso la
muerte del cuerpo (el alma es inmortal) con la resurrección de la carne al
final de los tiempos.
Por eso el Concilio Vaticano II
utilizó la terminología "santificar el mundo" en el documento Lumen
gentium: «A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios
tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. (...) Allí están
llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu
evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la
santificación del mundo» (LG 31 in
fine).
Así que el cristiano ha de mostrarse
siempre vigilante, dándose cuenta de dónde y qué pisa, dispuesto a convivir con
todos, a dar a todos la posibilidad de conocer y de acercarse a Cristo Jesús.
El papa Francisco, en la Exhortación
apostólica “La alegría del Evangelio” (Evangelii gaudium (EG),
24-XI-2013), como los anteriores obispos posconciliares de Roma, sigue
recordando esta idea que es central en el magisterio conciliar porque a su vez
lo es del Evangelio y del testimonio de vida con hechos y palabras del mismo
Jesús.
Es estar en el mundo con los pies
bien firmes en el suelo que se pisa: «Conviene recordar brevemente cuál es
el contexto en el cual nos toca vivir y actuar» (EG 50). «Es preciso esclarecer aquello que pueda ser
un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios»
(EG, 51).
«Una
mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el
Espíritu Santo. Sería desconfiar de su acción libre y generosa» (EG, 68).
Benedicto
XVI en su encíclica Deus caritas est
(DCE, XII-2005) insistía, como los papas anteriores, en que “se debe admitir que los representantes de la
Iglesia percibieron sólo lentamente que el problema de la estructura justa de
la sociedad se planteaba de un modo nuevo (…) La sociedad justa no puede ser
obra de la Iglesia, sino de la política” (DCE, 27-28) sin perder de vista
que la tentación de fundir lo del César con lo de Dios es eterna, para cada
generación.
«Necesitamos
(…) una mirada contemplativa –sigue diciendo Francisco- , esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus
hogares, en sus calles, en sus plazas» (EG, 71). «El Resucitado envía a los suyos a predicar el Evangelio en todo tiempo
y por todas partes» (EG, 19). Esta idea la repite Francisco por ejemplo en
la Ascensión de 2018.
Y seguía
diciendo que “Por un lado, la Ascensión
orienta nuestra mirada al cielo (…) Por otro, nos recuerda el inicio de la
misión de la Iglesia: Jesús resucitado ha subido al cielo y manda a sus
discípulos a difundir el Evangelio en todo el mundo.
La Ascensión nos exhorta a levantar la mirada al
cielo, para después dirigirlo rápidamente a la tierra, llevando adelante las
tareas que el Señor resucitado nos confía”.
La idea es tan básica y elemental
que ya la escribió en su primera encíclica “programática” de su pontificado, Evangelii gaudium: «Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a
anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones,
sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el
pueblo, no puede excluir a nadie» (EG, 23).
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