La tarea es cosa de tod@s l@s
bautizad@s
Este domingo 19 mayo 2019, que
es el 5º de Pascua, ciclo C, escuchamos que después de predicar el Evangelio en
la ciudad de Derbe, a donde Pablo y Bernabé fueron después de lo de Listra y de
hacer numerosos discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía (…)
Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia; y después de predicar la palabra en
Perge bajaron hasta Atalía. Desde allí navegaron hasta Antioquía... Al llegar,
reunieron a la iglesia, contaron todo lo que el Señor había hecho por medio de
ellos, y que había abierto a los gentiles la puerta de la fe (cf Act 14, 21-27).
Pensando en esto que cuenta
la Palabra de Dios, uno se pregunta ¿cómo llegó la fe a todos esos pueblos? No
había la estructura actual de las Iglesias cristianas con curias diocesanas ni vaticanas,
misioneros enviados canónicamente, obispos que decretaran… Ese aprender de los
primeros cristianos es un tema recurrente en la meditación del Papa Francisco
por las ganas de ir entendiendo cada día mejor la institución de Cristo y la
misión que encomienda a sus discípul@s. La misión es tarea de tod@s.
Francisco, a la limón con Benedicto
XVI, dejaba escrito que «la Iglesia en su
conjunto (…) han de ponerse en camino
para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida,
hacia la amistad con el Hijo de Dios” (Porta fidei, 2).
También
Pablo VI, tras celebrar el Año Santo en
el 10º aniversario de la clausura de Concilio Vaticano II, escribía la Ex Ap. Evangelii
nuntiandi (EN, 8-XII-1975) recordando la propuesta conciliar de hacer a la Iglesia (a tod@s l@s bautizad@s) cada
vez más apta para anunciar el Evangelio a la humanidad (cf EN, 2).
Y
también recordaba (EN, 59) el Decreto conciliar donde “el Vaticano II afirma que la Iglesia entera es misionera, la obra de
evangelización es un deber fundamental del pueblo de Dios" (Decr. Ad gentes, 35).
Juan Pablo II había insistido
en lo mismo en múltiples ocasiones y en la Carta Ap al estrenar el nuevo tercer
milenio decía: El compromiso de la
evangelización… no podrá ser delegada a unos pocos “especialistas” (NMI, 40).
Juan XXIII, el Papa que
convocó el Concilio, había escrito en Princeps pastorum (PP, 1959) que “el Príncipe de los Pastores (1Pe 5, 4) nos confió (…) toda la grey de Dios (cf Jn 21, 15-57) doquier que
more en el mundo” (PP, 1) (…) “por
doquier surge la llamada "¡Ayudadnos!" (Act, 16,9) que
llega a nuestros oídos… de innumerables regiones, fecundadas por la sangre y el
sudor apostólico de los heroicos heraldos del Evangelio” (PP, 3)
Para intentar llevar a cabo
los buenos deseos e intentar hacerlos vida, Benedicto XVI creó en 2013 el
Pontificio Consejo para la promoción de la nueva evangelización y Francisco recuerda algo elemental: “el cristianismo es principalmente para ser practicado, y si es también
objeto de reflexión, eso solo es válido cuando nos ayuda a vivir el Evangelio
en la vida cotidiana” (Gaudete et exúltate, 109).
Ya Juan XXIII recordaba la
idea básica de la verdadera evangelización que señala el que “ella misma [la Iglesia] no se identifica con ninguna cultura, ni
siquiera con la cultura occidental, aun hallándose tan ligada a ésta su
historia (ahí está la novedad). Porque su misión propia es de otro orden: el de
la salvación religiosa del hombre”. Idea que repetiría Juan Pablo II muchas
veces para ayudar a hacerla realidad.
Y en una homilía Francisco,
un 23 de abril, san Jorge, comentando el texto bíblico de ese día (Act, 11, 20),
consideraba el hecho de que algunos de Chipre y de Cirene empezaron en
Antioquía a predicara a los griegos, lo cual entonces era casi un escándalo. Y
aprovechó para decir en broma algo sobre el inicio de la Congregación para la Doctrina
de la Fe (CDF) con la visita allí de Bernabé que fue enviado desde Jerusalén. Lo
de entonces era muy positivo y no había paranoia persecutoria, inquisitorial
aunque corregir al que yerra es una obra de misericordia que no puede
olvidarse.
Ya en aquellos tiempos otro
san Jorge, obispo de Mytilene (17 abril) condenó a 3 obispos de la zona sin
esperar a que lo hiciera la CDF; fueron Nestorio (Patriarca de Constantinopla),
Juan de Antioquía y a Teodoro de Mopsuestia.
El
mismo Cristo no dijo: “Un mandamiento
nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado (…) En esto
conocerán todos que sois mis discípulos” (Jn 13, 31-35). Esa es la
razón de la eficacia cristiana; no son los métodos ni los planes superpensados
ni el querer llamar la atención con signos externos, peinados, vestimentas, aparato,
pompa…
Tod@ bautizad@ ha de ser
optimista y esperanzado, a pesar de los pesares, pues no somos perfectos pero
nos están esperando todas las gentes de todas las culturas. Viene bien recordar
lo de la samaritana (cf Porta fidei 3) a quien su encuentro con Cristo hizo que
lo anunciara a todo el pueblo regresando desde el pozo de Sicar.
Juan XXIII ya repitió en su
momento que “los fieles cristianos (…) no
pueden mantenerse cerrados en sí mismos, creyendo les baste con haber pensado y
proveído en sus propias necesidades espirituales” (Princeps pastorum, 19).
Y ahora Francisco insiste: “me
pregunto si no nos hemos anestesiado también respecto a las heridas del alma de
los niños” o lo de los
inmigrantes (AL, 246).
“Serán las distintas comunidades quienes
deberán elaborar propuestas más prácticas y eficaces” (AL, 199).
Pablo VI recordaba que “la
Iglesia (…) tiene viva conciencia de que (…) es preciso que anuncie también el reino
de Dios en otras ciudades”
(EN, 14).
En la
Exhortación “Gaudete et exúltate” (GEx) sobre la llamada a la santidad en el
mundo actual (19-III-2018, Francisco escribe: “Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu (…) y así tu
preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus
errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés
siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina” (GEx, 24).
Y en la última Ex ap “Christus vivit” dirigida a los jóvenes y a
todo el pueblo de Dios (25-III-2019), Francisco recuerda una vez más el peligro
del clericalismo cancerígeno que anida fosilizado hoy día y que desgraciadamente
tiene una visión reduccionista pues considera que “la vocación del laico se concibe sólo como un servicio dentro de la
Iglesia (lectores, acólitos, catequistas, etc.), olvidando que la vocación
laical es (…) vivir en medio del mundo y de la sociedad para evangelizar sus
diversas instancias, para hacer crecer la paz, la convivencia, la justicia, los
derechos humanos, la misericordia, y así extender el Reino de Dios en el mundo”
(ChV, 168).
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